Aquella mujer

 

—Lamento haberte abandonado a pesar de prometerte que jamás lo haría —dijo Ethan con la mandíbula temblando y la voz entrecortada, mientras veía frente a sí, en su sala, a aquella mujer que no veía desde hace años, a la chica que amó como jamás había amado o volvió a amar—. No sé por qué lo hice, a veces no sé qué pasa conmigo, de verdad, perdón Anna, lamento todo el daño que te ocasioné, perdón por ser una mala persona.

Anna lo escuchó atenta, sin siquiera parpadear. Mantuvo su mirada fija en él por unos segundos, y después respondió con la voz dulce y calmada habitual en ella:

—No eres una mala persona Ethan, a pesar de todo, tú siempre me hiciste feliz, y por eso nunca dejé de amarte, ni podré dejar de hacerlo.

Ethan no pudo soportarlo más. Posó su cabeza entre las manos y se permitió llorar a raudales, con cada lágrima cargada de una intensa tristeza, frustración y dolor.

Su llanto se prolongó por varios minutos, y cuando consiguió tranquilizarse, pronunció con una voz ronca y débil:

—Cerrar programa de simulación.

El holograma se desvaneció al instante cuando los proyectores en las esquinas de la estancia recibieron la orden y apagaron su función.

Aquella mujer

Recuerdo

 


Recuerdo el día en que sus armatostes tan grandes como edificios aparecieron de pronto sobre las ciudades.

De la incertidumbre que sufrieron los gobiernos, de sus actos precipitados y las consecuencias de estos.

Recuerdo el momento preciso en que la humanidad comprendió que el mundo ya no nos pertenecía.

Pero lo que no puedo recordar con exactitud, es el día en que todos los demás se despertaron para venerarlos, y decir que desde nuestro origen, siempre hemos sido su servidumbre.

 

 

Recuerdo

Sin poderes

Cuando era niño, me preguntaba si no poseía poderes como en las caricaturas que veía, porque yo en realidad no era un héroe.

Que tal vez si los tuviera, me vengaría de los que me hacían daño, haría sufrir a las personas que me desagradaban.

Al crecer, me di cuenta de que no necesitaba poderes para hacer eso.

Sin poderes

Encuentro

A más de trescientos kilómetros por hora, Anthony Baker conducía su deslizador gravitacional sobre el páramo desértico que se extendía en todas direcciones.

Realizaba su distracción diaria, cuando divisó de soslayo, una mancha verde que contrastaba con el resto del paisaje. Disminuyó la velocidad de su vehículo y se dirigió a ese lugar para asegurarse de que no fuera una ilusión.

Mientras más se acercaba, descubrió poco a poco las hileras de diferentes vegetales, tan reales como él, creciendo con lozanía. Y entre los sembradíos, cuidando la vegetación, halló a un hombre robusto y alto con un amplio sombrero para protegerse del sol.

—Buenas tardes —saludó Anthony, acercándose lo más que pudo al sujeto.

—Buenas tardes —respondió este.

Anthony quiso preguntarle si también lo habían abandonado, o si estaba ahí por gusto ya que se veía muy bien adaptado, pero en vez de eso, solo exclamó:

—Hasta luego.

—Hasta luego —contestó el hombre.

Anthony siguió su camino, feliz de haber saludado, y sobre todo, de haber encontrado a otro humano en la Tierra.

Encuentro

Cuerpo

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Una joven mujer de cuerpo esbelto, tez morena y cabello negro y crespo, sonrió a todos los que se encontraba en la calle con una gran simpatía, hasta que inició una nueva semana.

Un hombre alto, fornido y rubio fue de bar en bar durante quince noches a conocer chicos y chicas que admiraran su físico.

Un muchacho de cabellos castaños pero alborotados, con una estatura debajo del promedio y una complexión casi esquelética, ingresó por varios días a restaurantes y cafeterías esperando encontrar a una persona que se sintiera atraída por él debido a su personalidad.

Una chica de cuerpo tosco, piel pálida, pero angelical rostro, intimó con cualquiera que se le acercaba a través de varias noches.

Una mujer que poseía todos los cánones de belleza modernos fue al local más atiborrado para poder rechazar a todo individuo que tratara de conquistarla, pues había trabajado toda su vida para obtener esa figura e iba a disfrutar de todas las posibilidades que se le ocurrieran.

En la semana número setenta y tres, Denis no supo que patrones escribir en el dispositivo para que durante la noche las millones de microscópicas máquinas que circulaban todo su ser transformaran su apariencia. Ya no sabía quien más quería ser.

Al amanecer, Denis jamás volvió a cambiar.

Cuerpo

Nueva vida

Una voz electrónica notificó a lo largo de los pasillos que estaban a punto de despegar, por lo que de inmediato los usuarios debían colocarse las dos cápsulas azules y viscosas bajo la lengua. Todos los pasajeros obedecieron la orden, a excepción de Ralph Miller, quien fingió meter las píldoras a su boca, manteniéndolas en realidad dentro de su puño.

Minutos después, el vehículo interestelar encendió sus motores, ascendió y realizó una abertura cuántica para ingresar al Interespacio.

Debido a que no tenía las píldoras, el desplazamiento en esa dimensión provocó que Ralph quisiera vomitar, gritar y llorar a la vez, todo con suma violencia, pero se contuvo hasta el límite, pues era necesario sufrir esos incidentes si quería conseguir lo que realmente anhelaba.

Cuando el navío salió del Interespacio, Ralph Miller tan solo podía recordar su nombre y uno que otro aspecto de la niñez, olvidando el resto de sus treinta y siete años de existencia.

De esta manera, de verdad podría reiniciar su vida en el nuevo mundo al que arribaba.

 

Nueva vida

Alguien para conversar

El prestidigitador del manto rojo después de cruzar durante meses el barro negro, denso y maloliente que cubría toda la tierra, por fin encontraba un cadáver con piel sobre la mayoría de sus huesos.

Extrajo de su túnica roja un brebaje verde y burbujeante, derramó un par de gotas en la boca del fallecido, y en pocos segundos, el cuerpo se levantó.

—¡Maldición! ¡Esto es horrible!

—Lo sé y pido perdón por eso —dijo el mago sin sentir de verdad culpa alguna.

—¿Cuántos? ¿Cuántos siguen sin ser consumidos?

—Yo esperaría que hubiera otros más, pero mis viajes parecen responder que yo soy el último que queda.

Entonces el cadáver despidió una risa resonante y larga; su carcajada continuó y continuó durante minutos hasta que el hechizo del mago perdió efecto y volvió a su estado inerte y tranquilo.

Alguien para conversar