Alguien para conversar

El prestidigitador del manto rojo después de cruzar durante meses el barro negro, denso y maloliente que cubría toda la tierra, por fin encontraba un cadáver con piel sobre la mayoría de sus huesos.

Extrajo de su túnica roja un brebaje verde y burbujeante, derramó un par de gotas en la boca del fallecido, y en pocos segundos, el cuerpo se levantó.

—¡Maldición! ¡Esto es horrible!

—Lo sé y pido perdón por eso —dijo el mago sin sentir de verdad culpa alguna.

—¿Cuántos? ¿Cuántos siguen sin ser consumidos?

—Yo esperaría que hubiera otros más, pero mis viajes parecen responder que yo soy el último que queda.

Entonces el cadáver despidió una risa resonante y larga; su carcajada continuó y continuó durante minutos hasta que el hechizo del mago perdió efecto y volvió a su estado inerte y tranquilo.

Alguien para conversar